miércoles, 7 de septiembre de 2016

RELOJES BIOLÓGICOS

Si pensabas que el único reloj que llevas contigo es el analógico o digital de pulsera que tienes en tu muñeca, estás muy equivocado. Los seres humanos, al igual que los demás seres vivos, tenemos en nuestro interior unos relojes que marcan los procesos y estados de nuestro organismo. Estrictamente, se denominan relojes biológicos o fisiológicos a las estrategias y procesos rítmicos que gobiernan el comportamiento de plantas y animales para adaptarlos al ritmo de nuestro planeta.

¿Te despiertas justo antes de que suene el despertador? ¿No eres capaz de abandonar el horario de verano y acostumbrarte de nuevo al horario de trabajo? ¿Te cuesta levantarte de la cama por las mañanas?


Seguro que a muchos de vosotros os ha pasado, por ejemplo, que a veces os despertáis justo antes de que suene el despertador y os habréis preguntado el porqué. La realidad es que la eficiencia del reloj biológico aumenta con la rutina y el cuerpo se habitúa a ciertos horarios. Por ello, si seguimos una rutina y nos acostamos y programamos el despertador siempre a la misma hora, el cuerpo acaba adaptándose a esos comportamientos y nuestros ritmos circadianos se sincronizan de tal manera que somos capaces de anticiparnos a la alarma del despertador. De hecho, se aconseja mantener una regularidad de horarios para descansar mucho mejor.

Las principales responsables de todo ello son dos proteínas, llamadas JARID1a y PERIOD (PER). Esta última controla nuestro ciclo de sueño-vigilia y sus niveles en cada célula del cuerpo son el indicador de la hora del día, ya que al llegar la noche, el número de proteínas PER en las células disminuye y baja también la presión arterial y la velocidad del latido cardíaco, mientras que al amanecer vuelve a aumentar por la acción de dos genes: BMAL, codificador de las proteínas ARNTL y ARNTL2, y CLOCK, codificador de otra proteína. Por su parte, la proteína JARID1a actúa como el interruptor que nos despierta.

En contraposición, en el desaconsejable caso de que no sigamos los mismos horarios cada día, muchos tendrán constancia de lo que se conoce con el nombre de jet lag. Nos referimos a la desincronía de los ritmos circadianos con respecto al período día-noche que se produce cuando viajamos de un lugar a otro con diferencia de horas de luz, viéndose afectados nuestro rendimiento y nuestro descanso. Esto, en efecto, es una cuestión seria, ya que si estas desincronizaciones ocurren muy a menudo y nuestros horarios son muy irregulares, es posible que nuestro estado de salud se vea afectado, pudiendo relacionarse con trastornos depresivos, alzheimer, esquizofrenia, obesidad y el consumo de alcohol y tabaco.

Durante los últimos 200 años de industrialización en los que hemos abandonado aquella sociedad agrícola en la que vivíamos y en los que el mundo laboral ha experimentado un cambio tan monumental, el reloj biológico se ha visto afectado, ya que en el día a día actual ni la exposición a la luz solar diurna es tan grande como antes, al encontrarnos bajo techo la mayor parte del tiempo, ni la oscuridad nocturna es tan plena como hace unos años, puesto que usamos luz artificial. Esta es la razón por la que nuestros relojes biológicos han empezado a cambiar, hasta tal punto de que es posible que estos relojes lleguen a crear un tiempo interno absolutamente desvinculado del tiempo social y del tiempo solar. Nuestro cuerpo confunde ya el día y la noche y una prueba de ello es que nos cuesta más dormir, convirtiéndonos cada vez más en búhos.


De hecho, los especialistas circadianos ya hablan también del jet lag social, ya que el reloj biológico se debe sincronizar con el horario escolar y laboral y este limita irremediablemente nuestra vida cotidiana y hace sufrir especialmente a aquellos que tienen un reloj tardío. Ese desajuste entre el tiempo interno y el tiempo social es el que se denomina jet lag social, y lo padece un 40% de la población de Europa Central. Este, al fin y al cabo, tiene un efecto similar al jet lag temporal, ya que existe igualmente una notable diferencia de horarios entre los días laborales y el fin de semana, pero sin movernos del lugar geográfico.

Hoy en día, se sabe que los cambios de luz se sincronizan con el ritmo circadiano o la mayoría de nuestros relojes biológicos, cuyo control básico reside en un grupo de neuronas situadas en la parte central del hipotálamo conocido con el nombre de núcleo supraquiasmático (NSQ), que es el que se encarga de dar órdenes para que los órganos de nuestro cuerpo regulen el sueño, la temperatura o el hambre. En este proceso interviene la estimulación de la secreción de melatonina por la glándula pineal, que tiene su pico a media noche, en relación a la oscuridad, y disminuye al amanecer. En realidad, todo son procesos rítmicos gobernados por los relojes biológicos que se encuentran fundamentalmente bajo control endógeno, ya que existe una independencia de la temperatura, al disponer de mecanismos capaces de compensar las posibles variaciones en la misma.

No obstante, el reloj biológico no es igual en todas las personas y esto depende de nuestros genes. Algunos se acuestan pronto y se sienten activos desde primera hora de la mañana, mientras que a otros les cuesta madrugar y no son personas hasta bien adentrada la mañana, pero luego se sienten todavía llenos de vitalidad cuando llega la noche. A los primeros, aquellos que tienen un reloj corto, de 22 o 23 horas, se les denomina alondras y segregan más melatonina en las primeras horas de sueño, mientras que los segundos, es decir, aquellos que tienen un reloj largo, de unas 25 horas, se les llama búhos y segregan melatonina en las últimas horas de sueño. Pero además, nuestros relojes cambian con la edad, de modo que cuando somos niños y nos hacemos mayores nos acostamos temprano y nos levantamos temprano, mientras que durante la adolescencia tenemos una predisposición biológica a hacer ambas cosas mucho más tarde. Esto se debe a que la cantidad de hormonas sexuales (estrógenos en las mujeres y testosterona en los hombres) es mayor en la adolescencia que en la infancia y en la vejez. De hecho, se ha comprobado que el rendimiento académico de los adolescentes mejora por la tarde y los resultados serían mejores si el momento de aprendizaje se fijase entre las 11 de la mañana y las 3 de la tarde, lo cual no se ajusta desafortunadamente con el horario escolar, por lo general.

Sin embargo, cuando hablamos de relojes biológicos no nos estamos refiriendo única y exclusivamente a los seres humanos, sino que todos los seres vivos, desde los diminutos organismos unicelulares hasta los más complejos, cuentan con relojes biológicos. En las plantas, el reloj biológico también reside en cada una de las células, al igual que en los organismos más complejos, con la diferencia de que en estos últimos, en los que se incluyen los seres humanos, es preciso además un elemento que sea capaz de saber cuándo es de día y de noche y que pueda transmitirlo al resto de células del cuerpo. En el caso de los seres humanos, este elemento es el núcleo supraquiasmático que hemos mencionado, que se encuentra justo por encima del quiasma óptico y que recibe la información luminosa procedente de los ojos.

Por lo tanto, el término de relojes biológicos engloba en verdad procesos tan distintos como los ritmos circadianos (en un período de 24 horas), tidales (relacionados con las mareas), lunares y anuales relacionados con los ciclos ambientales; la fotoperiodicidad que indica a las plantas el momento en el que deben florecer; la duración de fenómenos que tienen lugar durante el letargo; el período de inactividad en el desarrollo de los insectos llamado diapausa; o la migración de las aves, entre muchos otros.